La cena era exquisita, el sonido de la porcelana tintineante y de las sutiles conversaciones se convertía en un rumor apenas perceptible, el etéreo ambiente cálido y los breves y continuos sorbos del cabernet me hacían perder la compostura, le veía su rostro con curiosas pecas, ojos profundos y delicados rizos que caían sobre su rostro, un traje negro, una camisa y un gran reloj en la muñeca, el cuerpo se me había encendido, era apenas el plato fuerte y mi cuerpo vibraba, el vino se agotaba, las gotas condensadas resbalaban de la fría botella y mis manos acariciaban el mantel como acariciando su espalda. Quizás nos iríamos en su automóvil y conversaríamos nimiedades de camino a casa y tal vez ahí lo despojaría de toda prenda y lo haría mío como nunca antes de nadie, quizás lo haría crecer hasta convertirlo en ese hombre, el gran amante que yacía oculto tras toda esa compostura y anticuado refinamiento. Yo lo dominaría pero él llevaría el ritmo del deseo, ambos piel con piel, el cabello descompuesto y ese sabor salado de su sudor, la lengua convertida en filosa caricia húmeda que recorre cada rincón de mi cuerpo con suavidad de flor y que hace centellear luces frente a mí con gran emoción, arquearía mi espalda y clavaría mis dedos en su espalda suave hasta dejarla roja, tomaría sus rizos entre mis manos y haría de mi pecho su cálido hogar y cuando el momento llegase, cerraría los ojos, me recostaría mordiéndome los labios, jalaría la sábana hacia mí sin control y soltaría el sonido del placer desencadenado partiendo lejos de este mundo, al final su cuerpo yacería sobre mí agotado, dormido y extasiado. Con el café terminaba la cena, mi tobillo delicadamente se deslizó por su pantorrilla y sobresaltado me sonrió.
La lluvia fría de la noche empapaba los restos de los antiguos edificios, otrora esplendorosos, de la ciudad, ahora tan maltrechos por el abandono y la podredumbre, el agua se filtraba a todos los rincones y llenaba de moho cualquier estructura. En las calles los automóviles volcados en incendiados daban cuenta de las batallas persistentes, no había nadie que caminara por las aceras y solamente el fuego en los viejos tambos daba cuenta de la existencia de gente en los bajo puentes, las verdaderas dueñas del lugar eran las ratas que deambulaban de un lado a otro siempre en busca de su alimento abundante, el festín se había prolongado desde hacía ocho años y todo había sucumbido ante la tragedia.
El hedor amargo de la muerte y del excremento cubría cada resquicio, más allá de las destapadas alcantarillas, de los antiguos parques.
En el sector norte la crisis había acabado con casi toda la población, los invasores del sector sur habían entrado a los edificios y arrojado por las altas ventanas y techos a todo hombre, mujer y niño sin razón, al inicio de La Gran Catástrofe, muchos fueron muertos a partir de armas de fuego y al agotarse las balas se optó por el uso de cuchillos, navajas, machetes y mazos para llevar a cabo matanzas interminables.
Grupos de jóvenes salían por las noches sigilosos como gatos adentrándose al sector contrario, tomando desprevenido a quien llegasen a encontrar para descuartizarlo antes de que pudiera siquiera gritar, bastaba un corte en el cuello para que la sangre se lo impidiese y a punta de golpes contundentes y machetazos muriera para posteriormente arrojar los miembros hacia la frontera entre los sectores, una gran pila de cuerpos yacía justo en la que fuera la Avenida Central y vallas de púas separaban el norte del sur, las cuadrillas eran desorganizadas actuando como chacales cazadores tan hábiles en matar que disfrutaban el calor de la sangre manando del moribundo y la expresión de horror con los ojos desorbitados antes del golpe final.
Era simple y macabro, la mayor exhibición de crueldad despertaba nueva ira en cada sector y cada día la masacre aumentaba.
Las calles del sector sur habían padecido el asedio de las máquinas del parque industrial usadas por grupos del sector norte para demoler edificios completos con refugiados, subversivos y desahuciados, el daño era mayor y extendido pero un área del antiguo Gran Suburbio era ahora el único refugio de los desamparados, una falsa esperanza donde yacían moribundos y desquiciados, los últimos habitantes de aquel lugar, pero eran prisioneros, cualquiera que se acercase a las orillas del sitio era masacrado y desmembrado de igual manera, su cuerpo exhibido al centro del Parque Sur e incinerado a la vista de todos
Los que ahí se encontraban deambulaban enloquecidos, hablando con la nada y arrastrándose por el asfalto famélicos, no había energía para la riña, ni había moral, los individuos habían perdido ya todo rastro de humanidad y vagaban desnudos o con ropas manchadas en su propia suciedad, cadáveres se encontraban en cualquier banqueta y gemidos lastimeros se escuchaban a cualquier instante.
El hombre que ahora caminaba por el callejón oscuro cercano a la frontera, se tambaleaba de pared en pared como si estuviera borracho, en realidad daba tumbos porque su mente estaba ausente, estaba en esa escena al inicio de todo en la que había visto cómo un grupo de subversivos aprehendían a una pequeña niña asustada y la violaban entre todos hasta matarla al filo de sus navajas que la torturaban cortando cada tendón de sus piernas y sus brazos, murió con lentitud y horror para ser posteriormente desmembrada y parcialmente devorada en un ritual grotesco y macabro.
La culpa lo torturaba, era más fuerte que cualquier dolor que pudiera tener su cuerpo, él, el que fuera el superhéroe enmascarado de la ciudad ahora caía de rodillas ante la basura y la pestilencia, lloraba amargamente por aquella niña y por la impotencia de no salvarla, aún recordaba su rostro de horror e inclusive podía sentir su mirada desde el suelo hacía donde él se encontraba, entre las sombras del techo de aquel edificio. Era imposible que lo viera realmente, pero su mirada la encontraba ahora tan profunda, tan clara, que aparecía en todos lados, en cualquier ventana, en cualquier charco, en cualquier lugar oscuro, los ojos de aquella pequeña niña en su último aliento de agonía, le acompañaban siempre.
Que lejos habían quedado los tiempos de los trajes ajustados, de las muchas mujeres, de los chicos malos tras las rejas y del orgullo de salvar a la ciudad del peligro, la corrupción y la injusticia, De eso no quedaba nada y ahora era un ser atormentado, la Gran Catástrofe lo había acabado a él y a toda su esperanza.
Aquella noche de copiosa lluvia, un lamento rompió el susurro del agua sobre los objetos, el grito lastimero se repetía con gran dolor, “¡ES MI CULPA!, ¡ES MI CULPA!, ¡ES MI CULPA!,”, el hombre que veía el rostro de la niña no quiso ver más, “¡ES MI CULPA!”, gritaba acompañado de un quejido de dolor inmenso, se sacaba los ojos con el filo de un vidrio lleno de lodo y el humor acuoso y vítreo resbalan sangrantes por su rostro desquiciado, lo gritos se extendían por los callejones y las ratas se sintieron atraídas por el olor y el calor de esa sangre especial, al final corrió a ciegas hasta caer de bruces sin dejar de gritar un solo instante: “¡ES MI CULPA!, ¡ES MI CULPA!, ¡ES MI CULPA!,” la sangre manaba en abundancia, pronto sintió el frío de la muerte y poco a poco sus gritos se convirtieron en un susurro hasta que murió al fin, murió desangrado en medio de la calle y de los demás sin que a nadie le importara y sin que nadie lo voltease siquiera a ver. Ahí quedaba el gran superhéroe, ahí quedaba la última esperanza, ahí quedaba el salvador.





